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COMENTARIOS SOBRE EL INFORME GLOBAL DE DESARROLLO HUMANO 2004
El Informe de Desarrollo Humano 2004 trata como tema sustantivo la libertad cultural. Este es un tema de suma importancia si consideramos que uno de los efectos más evidentes del proceso de globalización es que, por vía de la compresión espacio-tiempo que conlleva, coloca en una interrelación profunda a culturas y sociedades diversas existentes, provocando no pocas veces serios conflictos que envuelven, entre otras cosas, choques entre valores, tradiciones y corrientes culturales diferentes. Estos choques pueden ocurrir no sólo entre culturas asociadas a naciones diferentes enfrentadas por algún motivo, sino también a diferentes culturas existentes en el territorio de una misma nación.
Esto último se revela en las preguntas con las que se inicia el resumen del informe, titulado: “La libertad cultural en el mundo diverso de hoy”. “¿Cómo la nueva constitución de Irak satisfará las demandas de representación justa para chiítas y kurdos? ¿Cuáles y cuántas de las lenguas habladas en Afganistán debiera la constitución reconocer como lengua oficial del Estado? ¿Cómo la corte federal de Nigeria tratará el caso de la ley que castiga el adulterio con la muerte? ¿Aprobará la legislatura francesa la propuesta de prohibir el uso de mantos u otros símbolos religiosos en las escuelas públicas?” (p.1) Un aspecto central en estos conflictos, y que es de relevancia fundamental para el Desarrollo Humano, es el rol de la libertad cultural, la cual puede ser afectada negativamente cuando se desconoce la diversidad cultural, abortando posibilidades para un mayor desarrollo humano, en virtud de que este último no puede florecer sin trabas allí donde no florece la libertad cultural, es decir, el derecho de individuos y grupos a escoger la propia identidad sin perder el respeto de los demás y sin ser excluido de otras opciones. Esto es relevante porque la gente “quiere practicar su religión abiertamente, hablar su lenguaje, celebrar su herencia étnica o religiosa sin miedo al ridículo, el castigo o la disminución de oportunidades. La gente quiere la libertad de participar en sociedad sin tener que echar a un lado sus preferencias culturales. Es una idea simple, pero profundamente inquietante” (Ibíd). Es por ello que se precisa un manejo apropiado de la diversidad cultural, pues si la diversidad cultural no se maneja o se hace inapropiadamente, puede convertirse en una de las mayores fuentes de inestabilidad no sólo en los Estados, sino entre Estados. Empecemos por señalar algunos de los problemas centrales respecto a la diversidad cultural. Desafortunadamente, la construcción de sociedades culturalmente diversas que sean de hecho y de derecho “multiculturales”, ha sido la excepción y no la regla en la historia humana. Han sido mucho más frecuentes los casos en que el desarrollo de un poder central, llámese estado nacional, reino o imperio, ha conllevado (con las justificaciones dadas por los actores que dan forma manifiesta a este tipo de poder) la imposición de uniformidad de lengua, de costumbres, de religión, y allí donde esto no ha sido del todo posible, entonces se impone una hegemonía abusiva de la lengua, las costumbres, la religión, y las tradiciones dominantes sobre las formas culturales dominadas, que de inmediato son definidas como minoritarias o residuales. Hoy no podemos imaginar, pero sí podemos lamentarnos de no poder hacerlo, qué habría pasado en España, si al momento del Descubrimiento no se hubiese producido la expulsión de judíos y árabes españoles por razones de un fundamentalismo religioso comprometido con la formación de un reino centralizado. Esto se torna aún más lamentable cuando se comprueba que las tres “culturas” (denominadas así por su signo religioso), la cristiana, la islámica y la judía pudieron convivir durante mucho tiempo más o menos pacíficamente, nutriéndose entre sí. Y es que el patrón más común de desarrollo del poder centralizado, que tiene su forma paradigmática en el desarrollo del Estado moderno, implica la creencia de que la diversidad cultural, y por lo tanto, la pluralidad de identidades, es en principio una amenaza para el Estado. No se dice que la pluralidad de identidades, que la diversidad cultural pueden ser concebidas como amenaza fundamentalmente por los estados, regímenes o formas políticas centralizadas, autoritarias y fundamentalistas. No se dice que la organización política descentralizada, plural y profundamente democrática puede acomodar la diversidad. Por lo tanto, lo que sí es cierto es que la impresión de que la diversidad cultural es en principio conflictiva es más bien el resultado de las prácticas represivas que las élites políticas y los estados han sostenido secularmente (con sus excepciones, claro está), con el pretexto de que la homogeneidad cultural es deseable y, por lo tanto, más gobernable. A veces, quienes sostienen este principio, lo han suavizado enfatizando los derechos civiles, políticos y sociales como derechos viables, en tanto que los derechos culturales se han dejado atrás por considerarlos “problemáticos”, en virtud de la tesis de la relatividad cultural. Más aún, al enfatizar estos tipos de derechos se ha querido suponer que los mismos garantizan por implicación, de una manera óptima dentro de lo deseable, ciertos derechos culturales fundamentales. O sea, si se afirma el derecho a la libre expresión del pensamiento, el derecho a escoger el culto preferido, y el derecho a la asociación, con ello se estarían garantizando los derechos culturales. Pero, ¿supondría esto que una minoría étnica en una nación determinada tiene el derecho a expresarse en su lengua, y a aprender su lengua en el sistema escolar oficial? Evidentemente, no. De una u otra forma se estaría violando la libertad cultural, que desde la perspectiva del desarrollo humano es vital, porque, reiteramos, “ser capaz de escoger la identidad propia –quién es uno- sin perder el respeto de los otros o ser excluido de otras opciones es importante para llevar una vida plena”(Ibíd). Es a este tipo de “aporías” que el Informe de Desarrollo Humano 2004 pretende responder, y en primera instancia, se embarca en la discusión de cinco mitos fundamentales para argumentar que las políticas que reconocen las identidades culturales y que estimulan el florecimiento de la diversidad no resultan en la fragmentación y el conflicto improductivo, en el débil desarrollo o en gobiernos autoritarios. Se trata pues de argumentar a favor de la idea de que tales políticas no sólo son viables, sino necesarias, porque con mayor frecuencia es la supresión de los grupos culturalmente definidos lo que lleva a tensiones sociales y políticas. Los mitos a desmontar son los siguientes: 1.- Las identidades étnicas de la gente compite con su lealtad al estado, por lo tanto, existe un balance compensatorio (trade-off) entre el reconocimiento de la diversidad y la unificación del Estado. Este mito se desmonta si consideramos que la identidad no es un juego suma-cero, es decir, un dominicano que adquiera ciudadanía norteamericana no es culturalmente hablando menos dominicano al adquirirla. Por otro lado, si consideramos que todos tenemos múltiples identidades, no se hace necesario escoger entre el reconocimiento de las diferencias culturales y la unidad del Estado. De hecho, hay países que han sido exitosos haciendo coexistir la unidad nacional y la diversidad cultural, como es el caso de Bélgica, donde los ciudadanos respondieron a encuestas que se sentían tanto belgas como flamencos o tanto belgas como wallones, o en el caso de España, donde mucha gente dijo sentirse a la vez español y catalán o vasco al mismo tiempo. Sin ignorar las fricciones conflictivas que tanto en uno como en otro caso existen y han existido, constituyen pruebas de que es viable unificar el estado y al mismo tiempo reconocer las diferencias culturales, en una relación que sería: a mayor reconocimiento de la diversidad, mayor es la posibilidad de unificar el Estado. Agregaríamos nosotros, la posibilidad de unificar un Estado democrático. 2.- Los grupos étnicos son propensos al conflicto violento por choques de valores, por lo tanto, hay un balance compensatorio (trade-off) entre el respeto a la diversidad y la sostenibilidad de la paz. Hay poca evidencia empírica de que las diferencias culturales y los choques entre los valores sean en sí mismos causa de conflicto violento. Es cierto que, recientemente, los conflictos más numerosos no son los que se producen entre naciones sino entre grupos étnicos, pero los factores culturales no son los más relevantes. Por lo general, lo que observamos como conflictos étnicos, según investigaciones recientes, son en el fondo resultado de desigualdades económicas entre grupos, así como de diferencias de poder en el terreno político. La identidad cultural en estos casos juega un rol de potenciador de la movilización política y del conflicto, no de causa. El informe señala, entre otros casos, cómo los disturbios en Soweto en el 1976 fueron desencadenados por los intentos de imponer Afrikaans en escuelas negras, pero eran las desigualdades subyacentes en Sudáfrica las verdaderas causas de los disturbios violentos. 3.- La libertad cultural requiere la defensa de prácticas tradicionales, por lo tanto podría haber un balance compensatorio (trade-off) entre el reconocimiento de la diversidad cultural y otras prioridades del desarrollo humano, tales como el progreso, la democracia y los derechos humanos. Simplemente no, pues la libertad cultural trata sobre la expansión de las opciones individuales, no sobre la preservación de valores y prácticas como un fin en sí mismo con una ciega lealtad a la tradición. No se puede aceptar una versión del multiculturalismo que fundamentalmente se expresa como una política de conservación de culturas y prácticas al margen de que se violen los derechos humanos, y menos aún al margen de una noción del derecho cultural que supone que a los hombres y las mujeres se les dé la oportunidad de considerar las alternativas a las prácticas culturales heredadas. En este sentido, cuando tratamos con un problema tan espinoso como el de la mutilación ritual del clítorix en ciertas culturas, la respuesta tentativa es, que respetando las culturas en que se desarrolla esta práctica, se le reconozca a las mujeres a ser sometidas a dicha mutilación el derecho a estar informadas y capacitadas, en caso de que lo deseen, para optar por otras alternativas. En este sentido, el concepto de libertad cultural no se identifica con conservación y reproducción de prácticas culturales tradicionales per se, al margen de una visión de los derechos humanos. 4.- Países étnicamente diversos son menos capaces de desarrollarse, por lo tanto hay un balance compensatorio (traded-off) entre el respeto a la diversidad y la promoción del desarrollo. Según los estudios, no hay una clara evidencia entre diversidad cultural y desarrollo. Mientras es innegable el hecho de que muchas sociedades diversas tienen bajos niveles de ingreso y de desarrollo humano, no hay evidencia de que esto se relacione con la diversidad cultural. De no ser así, cómo explicaríamos que Malasia, con un 62% de su población malaya y otros grupos nativos, 30% de chinos y 8% de indios, fue la décima economía de mayor crecimiento en el mundo durante el período 1970-1990, años cuando fueron implementadas políticas de acción afirmativa. Por otro lado, el Informe registra que Mauricios, que ocupa el lugar 64 en el Índice de Desarrollo Humano, siendo él más alto de África Subsahariana tiene una población india, china y europea, con 50% de hindúes, 30% de cristianos y 17% de musulmanes. 5.- Algunas culturas son más propensas a lograr el desarrollo que otras, y algunas culturas tienen valores democráticos inherentes mientras que otras no los tienen, por lo tanto hay un balance compensatorio (trade-off) entre la acomodación de ciertas culturas y la promoción del desarrollo y la democracia. El determinismo cultural del desarrollo no ha sido respaldado ni por la historia ni el análisis econométrico. Recuérdese que a la luz de la teoría de Weber de que la ética protestante explicaba el crecimiento en economías capitalistas, se supuso que sociedades asiáticas como la china, la japonesa y la coreana no podían desarrollarse debido al peso de los valores confucianos, cosa que luego se desmontó cuando Japón, luego Corea, y luego Tailandia y China, y otros países asiáticos se desarrollaron o por lo menos experimentaron altos niveles de crecimiento. Lo mismo se aplica a la democracia, que aunque luce ser un fenómeno típicamente occidental, se manifiesta en algunos de sus rasgos en otras culturas, como en la India del siglo XVI con Akbar, quien predicó la tolerancia religiosa, o el príncipe Shotoku quien en el siglo VII en Japón introdujo una constitución en la se dictaba que las “decisiones sobre asuntos importantes no debieran ser tomadas por una única persona. Debieran ser discutidas por muchos”. Si estas teorías fueran un puro ejercicio académico, no importara mucho discutirlas si no fuera porque pueden tener peligrosas implicaciones políticas. El determinismo cultural supone una noción de cultura que está bastante alejada del actual consenso en antropología y sociología, disciplinas en las que la cultura ya no se ve como un todo homogéneo, fijo e inmutable en un horizonte de tiempo largo. Sin embargo, son muchas las políticas culturales y étnicas que se basan en un concepto de cultura estático, con valores bien definidos y delimitados, que impiden ver la pluralidad y la hibridez que constituyen la mayoría de las culturas y sociedades en el mundo de hoy. El dato de que los cerca dé 200 países existentes en el mundo contienen aproximadamente 5,000 grupos étnicos, y de que dos tercios de los países tienen al menos una minoría significativa, debiera convencernos del daño que nos hacemos a nosotros mismos aplicando un concepto de cultura estático que puede llevarnos a ignorar el potencial de cambios culturales que la mera cercanía o el contacto entre estos grupos étnicos representan, además de que internamente cada grupo va experimentando cambios necesarios para acomodar los grupos a nuevas situaciones y contextos. Esto sé complejiza aún más por el creciente proceso de migración desde países menos desarrollados a países más desarrollados, calculándose en 175 millones el número de personas que viven fuera de su país de nacimiento. Significa además que no hay culturas “puras”, ni ninguna de esas 200 sociedades es hoy “étnicamente” pura, aunque la ideología dominante así lo prescriba. Una vez discutidos estos mitos, podemos preguntarnos de nuevo sobre el rol de la libertad cultural en los procesos de desarrollo humano, y el interés justificado que debiera tener la defensa de ese derecho. Con el concepto de libertad cultural se pretende, a nuestro juicio, reforzar el paradigma de desarrollo humano en el ámbito de la expansión de las libertades y, por tanto, de opciones en consonancia con el respeto a los derechos humanos de los individuos. El concepto de libertad cultural puede servir como garantía contra la exclusión por motivos étnicos, religiosos, raciales o culturales, y a su vez para potenciar la capacidad de que los individuos y grupos opten por la forma de desarrollarse en consonancia con los valores culturales que en el momento fijan los estándares de valoración de aquello que constituye el desarrollo humano. Claro está, el límite a esto último es que los valores y tradiciones no tienen garantía de validación si en virtud de su reconocimiento se violan los derechos humanos fundamentales, que aún dentro de una perspectiva relativista de la cultura, deben servir como criterio fundamental de validación, habida cuenta del derecho acordado a todos los individuos de tener la capacidad de optar, sin coerción, entre alternativas culturales diversas. Es así como la libertad cultural se convierte en el principal aliado de una política que fomente la diversidad, la pluralidad y el reconocimiento recíprocos entre grupos y culturas. A su vez, la libertad cultural nos prepara para adaptarnos al creciente nivel de interacción entre individuos, grupos y sociedades que la globalización hace posible. Sin un concepto y práctica de libertad cultural nos arriesgamos a que los movimientos en pro de la preeminencia o dominación de una cultura por otra ganen espacio político, y a que las identidades locales y nacionales en posición de desventajas sean borradas por el proceso de la globalización. |
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